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Mi soledad

No tengo nada qué ofrecerte, y todo lo que podés ofrecerme, ya lo tengo. Una vez creí que el vino tenía que compartirse para disfrutarse, y que a la noche necesitaba de otros brazos para abrigarme, pero eso fue una vez, hace mucho tiempo. Y en ese entonces yo era una versión mía que ahora desconozco.  No contesto los mensajes de nadie porque no tengo nada qué decir, tampoco para dar. Lo que podría recibir, lo devolvería. Una charla forzada y vacía, un chocolate que va a quedar en la heladera, una melodía que no me eriza la piel ni da ganas de bailar. Hubo un momento en el que me hubiera conformado.  Ese momento, ya pasó. Quizás llegaste tarde, o tal vez todavía es temprano. Pero ahora, por ahora, no hay cupos para acercarse a mí. Estoy ocupada en otras cosas, y todas tienen que ver conmigo. Ninguna de esas cosas amenaza de ningún modo a mi construida, querida, cuidada, casi olímpica soledad. Sol Iannaci.

Parte 2

Desde que nos separamos tengo insomnio. Mis pensamientos me abruman y mantienen en vilo. Sé que escuchar los latidos de tu corazón me haría dormir, porque nada habría cambiado. No tendría que preguntarme qué hago ahora que no te tengo, ni me vería obligada a deshacer de mi mente el futuro que había planeado a tu lado. Sospecho que ya no puedo crear otro distinto y eso me atemoriza. ¿Dónde fueron a parar los planes que teníamos? ¿los viajes que soñábamos? ¿dónde están las cosas que no llegan a suceder? Me gustaría que estuvieran en alguna parte, en algún rincón o recoveco. Las iría a visitar donde fuese que estén, y les contaría que yo no quise desecharlas, pero que a veces esas decisiones se toman de un solo lado. También les diría que no se sientan tan mal: al fin y al cabo eran solo cosas. Yo fui desechada. Y yo no soy una cosa. DDM8 segunda parte. Sol Iannaci

Nuestras diferencias

Vos me decís que esto no funciona, y yo te digo que ni siquiera lo estamos intentando. Nuestras diferencias son claras: Yo estoy parada en la puerta de tu casa, y vos, con tal de no bajar a abrir, me contestás por whatsapp. Nunca te dije lo que me costó llegar, porque sé lo que me responderías: me dirías que nunca me pediste que hiciera nada de lo que hice. Yo te contestaría que no te hagas problema, que puedo encontrar la manera de subir para que no te esfuerces. Yo te gritaría que si no hubiera puesto mi cien, no existiríamos. Y una voz dentro de mi cabeza me diría que entonces, quizás no lo hacemos.  Sol Iannaci

Que me besaras

Hubo una noche en la que esperé que me besaras, pero no te lo pedí. Tampoco tomé la iniciativa, ya me conocés: solo me limité a anhelarlo. Nunca doy pasos en falso porque jamás doy pasos. Esperé que te acercaras, deseé que lo hicieras. Sentí, mientras esperaba el uber, que mi esperanza todavía estaba ahí. Seguía respirando, aunque ya faltaban cinco minutos para que mi auto llegara, y cuatro, y tres.  Pero me diste un beso en el cachete y viajé hacia mi casa mirando por la ventana, convenciéndome de que la próxima vez sí: vos serías más valiente, o yo sería un poco menos cobarde. No existió tal próxima vez. Hubieron otras veces, sí. Pero ya no estábamos ahí. Me quedé pensando durante todo este tiempo, cuántas historias serán las que no se contaron porque faltó, solamente, algo de valentía en el momento perfecto, como para darse cuenta que no existe tal momento: hay que crearlo como si fuese la única chance. Es que quizás lo sea. Sol Iannaci

Ánimo

‪"–¿cómo saber si alguien necesita ánimo?‬     ‪–si esa persona respira"‬ ‪ Mi abuelo era un gran hombre. Solía hacer los mejores chistes y tenía la sonrisa más contagiosa. Mi abuelo, cada vez que en la mesa se producía un silencio, le daba un golpecito con los nudillos, y a los segundos decía bien fuerte una palabra, su muletilla: ánimo.‬ Solo eso: ánimo. Y yo era chiquita, así que no sabía bien a qué se refería. El día en el que mi abuelo murió solo pude pensar en algo. Un susurro tranquilo que me gritaba algo: ánimo. ‪Mi abuelo ya no está pero la palabra persiste en mi corazón. Significa mucho para mí.‬ ‪Ahora cada vez‬ que en mi alma se produce un silencio, y siento miedo, inseguridad, o cansancio, cada vez que pienso en dejar de intentar, o me frustro, o me agoto, me quedo en silencio. Respiro y me digo: ánimo. Ojalá mis palabras sean el ánimo que ustedes necesitan. Porque mis lectores son el que yo necesito para hacer lo que amo hacer. ¿Y quién no...

Lo impronunciable

¿Qué pasa entre el “te quiero” que te olvidás de pronunciar, que te da terror pronunciar, que no tenés ocasión de pronunciar, y el “te quiero” que se vuelve impronunciable? Me encantaría poder decir que en ese intervalo existe un puente. Uno que uno cruza a sabiendas que del otro lado ya no hay nada. Un puente lleno de carteles luminosos, de señales en rojo sangre que te gritan que te des vuelta y vuelvas al punto de partida por todo el tiempo que queda. Hasta que la alarma suene, hasta que el último grano de arena caiga del reloj, hasta que el sol se esconda, o se apague. Un puente largo que te advierte que detrás está la última oportunidad, y unos pasos adelante el abismo que te separa para siempre. Me gustaría decir que ese puente, ese túnel, esa brecha, ese camino existe, y que yo lo crucé. Pero no hay nada. No existe siquiera tal intervalo. Si crucé algo, lo hice inconsciente. Entre todo lo que me parecía impronunciable cuando podía pronunciarlo, y todo lo que se volv...

Que me ahorques.-

Anoche te quise confiar los miedos pero no pude despertarte. Ya no sé cuántas veces más explicarte cómo quererme si cada vez que lo hago me dejo de querer. Quise coser tus heridas pero me arañaste en el intento, y ya no me quedan tantas vidas como para volverte a intentar. Pero lo hago. El problema es que el orden de los factores sí altera el producto, y no puedo seguir fingiendo que sufrirte de antemano nos asegura algún futuro. Te esperé por tanto tiempo que me intenté convencer de que habías llegado, y ahora me pregunto, mientras te observo dormir, si no fue que te inventaron mis ganas de amar. No quiero que te aferres a mí para no ahogarte. No puedo salvarte si tus idas y vueltas me tienen sujetada del cuello. Alguna vez quise que me ahorcaras, solo un poco, a la noche, como un juego. Hoy ya no puedo respirar. Te di el doble de lo que tenía, y lo que tengo ya no lo quiero. Dejaste una versión mía apagada y ahora me miro al espejo y me imagino en mi reflejo a la que e...