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En ellos no me sumergiría

Si pudiera librarme del peso de tu ausencia, los hubiera querido a cada uno de ellos, a todos: porque no tendría manera alguna de compararlos con algo superior. Si pudiera impedir que tu recuerdo siga siendo el estandar del que sostengo mis ambiciones, los hubiera llorado a cada uno de ellos, a todos: y no sentiría que cada vez que derramo lágrimas, me estoy inventado excusas para volver a sufrirte a vos. Si tuviera alguna fórmula, un método para olvidarte, quizás él me hubiera significado algo. Algo es mejor que nada. O tal vez él me hubiera podido lastimar, pero no lo hizo. Los demás hacen cortes superficiales, y si meto mi dedo en el tajo, si apreto con fuerza para llegar profundo, ahí dentro seguís sangrando vos, como una herida interna que se sigue extendiendo, y que a veces duele, pero que la mayor parte del tiempo me sirve. Me recuerda lo que ya sé: solo tu amor pudo calar hondo. El resto acarició, raspó, arañó apenas la superficie.  El resto nunca fue nada excepto resto....

Mi amor propio

Y si te querés ir, hacelo, de hecho quiero que te vayas, y sé que te rogué que te quedaras el martes pasado en tu departamento, pero no importa, porque hoy ya es jueves, y yo me conozco: hasta los presos después de un tiempo creen que prefieren el encierro, pero solo es comodidad. No me creas cuando te dije que quería que funcionemos, porque si fuera cierto, lo estaría intentando hacer funcionar. No mentí cuando te dije que te quería. Los quise a todos, por poco tiempo, de distintas formas, con tintes y matices diferentes, pero no fui sincera si te dije que eras diferente o que ''esta vez era especial''. No soy nueva en esto, ya me sé el final de memoria. No me voy a ir, pero voy a desinteresarme tanto que no vas a sentirme la misma, y después me voy a extrañar como la que soy sin nadie: la que soy de verdad.  El amor para mí es un juego  la mayoría de las veces. Y no me enorgullece decirlo, pero ¿a quién quiero engañar? La inocencia que finjo es ficción, y si te q...

Tu turno

Siento como si estuvieramos caminando en una cuerda floja y, esta vez, solo de tus acciones dependiera que lleguemos a la orilla o nos caigamos. Siento que, por mucho que quisiera que nos ayudes a llegar a la orilla, ya sabés que no tengo miedo de caerme si las cosas no cambian o si es necesario volver a alejarme de vos.  Siento que no doy dos oportunidades, y que te di dos. No existe una tercera. Ahora es tu turno. 

Tu intención

Yo no te voy a hablar nunca más si es que te lo preguntás, y si te preguntás si espero que me hables: lo espero. Pero no porque quiera contestarte, que no se maliterprete. Quiero saber que cuando me decías que te importaba, hablabas aunque sea un poco en serio. Y que cuando me dijiste que ibas a respetar mi decisión al 100% y no intentar cambiarla, después de destruirme y de esperar que yo me fuera, estabas haciendo lo que hiciste siempre: que es mentir. Me daría mucha rabia que justo después de mi adiós y del final, hayas decidido, por fin pero a destiempo, empezar a ser honesto. Te odiaría un poco si tu sinceridad tardía llegara justo cuando yo quiero que me mientas, porque entonces tu intención no era ser mentiroso, (que es válido), sino siempre llevarle la contra a mis ganas para decepcionarme, (que es sumamente cruel).

Volvamos al principio

Contame cómo te hiciste esa cicatriz que tenés en la pera, aunque ya me lo hayas dicho. Y contame sobre la de la espalda. Porque sobre esa todavía, no sé. Reíte y achiná los ojos en la parte que más risa te causa del día en el que te atragantaste mientras exponías un oral. Quiero escuchar tus anécdotas de principio a final, y asegurarme de que no pienses, ni por un segundo, que tenés que abreviarlas para no aburrir. No conmigo. Ya me dijiste cómo falleció tu abuelo. Pero ahora quiero saber cuándo nació. En qué pueblo de Italia. Por qué fue que decidió venirse a Argentina. Me muero por saberte con más detalles, porque los detalles importan. Quiero mirarte a los ojos mientras hablás de tu equipo de fútbol o de tu pasión por el básquet. No sé nada de fútbol ni de básquet, pero ¿qué más lindo que verte la ilusión en la mirada cuando pensás en tu pasión?  Soltame tus secretos. Uno a la vez. Exteriorizá tus miedos, todos. Yo les voy a tener paciencia. Uno a la vez. Quiero contarte d...

Lo que soñé

D iscutimos, y al final nunca te conté lo que soñé. Nos soñé mirando una película, como la última vez que nos vimos. No pasaba nada, nada de nada. Solo mirábamos una película. Estabas vos. Hasta estaba tu perro. Tenías tu mano en mi pierna. Y eso era todo.  Había algo más: yo me sentía contenta. Y pensé, en el sueño, lo mismo que pensé esa tarde en tu sillón, aunque nunca te lo dije: "me gusta tenerlo al lado, incluso así, en silencio". Pero ahora ya no puedo contarte el sueño. Entonces lo escribo. Por si lo lees.  Por si te quedaste con ganas de saber qué soñé, aunque ahora de esa escena nos haya quedado solo el silencio. 

Todo y nada a la vez

Terminamos y al otro día no me viste las historias. Te importó todo tan poco, que no tenés ganas de verme las historias. ¿O te importó todo tanto, que pactaste con vos mismo no verme las historias?, ¿tanto que cuando entrás a esta red social, esquivás mi círculo?, ¿luchás contra el impulso de presionar?, ¿estás haciendo una especie de piquete, para transmitir un mensaje? Eso es lo que tiene esta era tan digitalizada: todo puede significar todo. Y nada significa nada. Las dos cosas al mismo tiempo. Y ninguna a la vez. Tal vez nuestro error haya sido intentar comunicarnos sin contacto visual. Quizás todo lo que se arruinó virtualmente, lo hubiera solucionado un café. Creo que ya es tarde para tomarlo.